4. Pensar con otros 

"En mi soledad / he visto cosas muy claras, / que no son verdad", escribió Antonio Machado en Proverbios y cantares, 1919. El aislamiento de los demás, el encerramiento sobre uno mismo, no solo es la causa principal del aburrimiento de tantos jóvenes, sino que además destruye la personalidad porque empobrece el espíritu.

Cada vez que un grupo de jóvenes se reúne para pensar, nace de nuevo la filosofía, el pensamiento libre, capaz de crear un mundo nuevo. Puede ser bebiendo unas cervezas al salir de clase; puede ser al terminar de ver una película en un cine, o quizás a altas horas de la madrugada esperando el amanecer. Cuando los jóvenes se ponen a pensar juntos por su cuenta y riesgo la filosofía vuelve a la vida. Pensar es peligroso en la cultura de la superficialidad y la gratificación inmediata. 

Los jóvenes, si aprenden a escucharse unos a otros, son capaces de crear espacios fecundos de encuentro, de diálogo, de pensar en común: eso es lo que el futuro necesita. Vivimos en un entorno muy ruidoso por fuera y con muchas prisas por dentro, que hace realmente muy difícil que nos prestemos atención unos a otros. Hablamos con voz fuerte, nos movemos rápidamente, decimos a unos y a otros lo que tienen que hacer, pero a menudo somos incapaces de escucharnos realmente y, por tanto, de comprendernos.

Quienes se han dado cuenta de esta situación, que tanto afecta a la comunicación en la empresa, se han apresurado a organizar cursos para persuadir a empresarios y directivos que necesitan aprender a escuchar para ser verdaderos líderes en sus empresas. De modo semejante, abundan los cursos en los que se pretende adiestrar a vendedores y comerciales en las técnicas de la escucha al cliente para que lleguen a hacerse cargo realmente de sus necesidades. Pero, más que una técnica que pueda dominarse, escuchar es sobre todo una actitud que se aprende cuando se vive en un espacio humano en el que hay afecto.

Comprender a los demás es muy difícil. Requiere el empeño por resistir a la superficialidad y a la vanidad, pero sobre todo requiere hacerse cargo de lo que a los demás les pasa, aunque muchas veces ni siquiera sean capaces de decirlo y lo expresen solo con su presencia, con su ilusión o con su desánimo. Para poder comprender a otra persona es preciso reconocer que aprendemos de ella. Al menos, como escribió la Madre Teresa de Calcuta, "estar con alguien, escucharle sin mirar el reloj y sin esperar resultados nos enseña algo sobre el amor". Efectivamente, para poder escuchar es preciso no mirar el reloj, no tener prisa por dentro, tener paciencia. "La paciencia —escribió lúcidamente Von Balthasar— es el amor que se hace tiempo”.

Bibliografía: