2. Conocer la historia para crear el futuro 

Como escribió Kierkegaard, "vivimos hacia adelante, comprendemos hacia atrás". En cierto sentido, el futuro es siempre esencialmente impredecible; de no ser así, ya sería presente. Quizá merezca la pena recordar las palabras del filósofo español, afincado en Harvard, George Santayana en 1905: "Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo". El progreso no depende principalmente del cambio, sino sobre todo de lo que se retiene, de entender lo nuevo a la luz de lo antiguo. Cuando el cambio es absoluto —explica acertadamente Santayana— no hay espacio ni dirección para la mejora; cuando no se atesora la experiencia se perpetúa la infancia. Por eso es tan importante conocer la historia para poder ser protagonistas del futuro.

En algunos casos, los poderosos y el aparato del Estado prefieren que los ciudadanos no piensen por su cuenta; consideran que son suficientes las chucherías y el entretenimiento de los videojuegos y los reality-shows para anestesiar a la ciudadanía. La barbarie avanza y va apoderándose paulatinamente del espacio colectivo. También los bárbaros que acabaron con el Imperio Romano pensaban que traían con ellos el progreso. Al igual que en la Edad Media, quienes nos dedicamos a pensar y a invitar a otros a pensar vamos siendo apartados de la sociedad; somos recluidos en la torre de marfil de nuestra especialización para que nadie pueda escuchar nuestra voz de denuncia. Por eso en muchos países no se incluye mucha filosofía en la enseñanza secundaria; porque no se aprecia la importancia de pensar con rigor y libertad, más allá de las trivialidades publicitadas en los medios de comunicación.

Bibliografía: