1. Repensar

Repensar significa volver a pensar y eso debe hacerse siempre en el tiempo: no interesa la teoría, o mejor, solo interesa la teoría que es capaz de iluminar la vida, de llenarla de sentido. Se trata de recordar el pasado y comprender el presente para poder así explorar con audacia y responsabilidad el futuro.

Un problema grave que afecta a muchos jóvenes de hoy es la experiencia de una dolorosa separación entre su pensamiento y su vida. Para muchos es realmente un auténtico desgarramiento, más aún cuando comprueban que los mayores -sus padres, sus profesores, quienes lideran la sociedad- han renunciado casi siempre a pensar, al menos a pensar sobre las cosas realmente importantes para la vida.

Muchos jóvenes advierten que están, por un lado, las clases, las teorías, las ideas y los principios, incluso los ideales nobles de desarrollo personal. Por otro lado, en cambio, se encuentran la vida, con sus turbulencias e inquietudes, sentimientos y conflictos, los amigos, la diversión y muchas otras cosas más que van en su corazón. Ambos mundos -el del pensamiento y el de la vida- permanecen casi siempre completamente separados, como si se tratara de universos distintos. Además no parece tampoco muy factible establecer puentes que hagan más fácil el paso del uno al otro. Cuando se produce una escisión tan tajante es casi siempre a costa del lado del pensamiento: muchos jóvenes -como sus mayores- han renunciado a pensar y prefieren vivir en la superficialidad. Para algunos el único espacio de pensamiento vital son las letras de las canciones que escuchan y a las que deben buena parte de su educación emocional.

La superficialidad es uno de los componentes básicos de la cultura contemporánea. Pararse a pensar está considerado casi siempre como cosa de mal gusto y la filosofía suele ser menospreciada por ininteligible o irrelevante. En nuestra sociedad, el "soma" de Un mundo feliz -que disipaba todas las preocupaciones y las melancolías- forma ya parte de la dieta habitual de jóvenes y adultos. La atención compulsiva a los medios de entretenimiento visuales y auditivos narcotiza tan eficazmente el espíritu humano que hace superfluo el pensamiento y evita que se preste atención a los problemas acuciantes que afectan hoy en día a la humanidad.

Desde esta perspectiva se podría pensar que solo unos pocos, casi siempre en los márgenes de la sociedad, mantienen la antorcha serena del pensamiento en medio de la algarabía mediática; se escuchan unos a otros e intentan avalar con sus vidas la primacía de la creatividad personal sobre el aletargante consumismo colectivo. Son los artistas, los profesores, los místicos y todos aquellos a quienes importa más el ser que el tener, aquellos que valoran más el querer y el ser queridos que el medrar en la escala social. Ese es el mundo de los jóvenes creativos.

 

Bibliografía:

- NUBIOLA, Jaime; Invitación a pensar, Madrid, Rialp, 2014.